"Mi caballo reemplazaba las mil nociones vinculadas al título, la función y el nombre que complican la amistad del hombre, por el único conocimiento de mi peso exacto de hombre. Participaba de mis impulsos; sabía exactamente, y quizá mejor que yo, el punto donde mi voluntad se divorciaba de mi fuerza".
"Todas mis antiguas experiencias con la velocidad me permiten compartir el placer del jinete y el de la cabalgadura, valorar las sensaciones del hombre a galope tendido en un día de sol y de viento. Cuando Celer desmonta, siento que vuelvo a tomar contacto con el suelo".
Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar, traducción de Julio Cortázar.
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