Navidad y Año
Nuevo los celebramos todos los años, sin embargo, el mejor ejercicio es aquel
de experimentarlos permanentemente.
La Navidad es
un nacimiento, el eterno nacimiento, el más importante.
También
nosotros nacimos, pequeños pero únicos,
hecho ante el cual debemos mostrar el más profundo agradecimiento. Tenemos la oportunidad maravillosa de renacer
cada año que vivamos en la conciencia de ser mejores, de evolucionar, de
crecer, de abrir nuestro corazón y nuestra mente.
La perfección
está lejos de nosotros, es cierto, pero, es mejor vivir sin la presión de
alcanzarla, aceptándonos y aceptando nuestra vida con todas nuestras fuerzas,
con toda la fé de que disponemos y entregando lo mejor de nosotros a cada paso.
Concibo a alguien
feliz como aquel que tiene su corazón abierto, que vive sin sentir martirio y
amargura, que disfruta cada segundo, que procesa sus emociones, sobrepasa cada
obstáculo en la conciencia de que sucede para enseñarle, de que es su reto
personal, de que sucede para ayudarle a crecer.
Cuántas veces
nos perdemos del presente por estar anclados en el pasado, en los recuerdos o
atorados, con la garganta o el estómago anudados tratando de solucionar el
futuro …
Dejemos de
posponer la felicidad, seamos lo suficientemente humildes para saber que
tenemos todo para ser felices si miramos desde la perspectiva de nuestro
corazón puro, amoroso y esencial.
Con cuanta
ansiedad escuchamos los consejos prácticos, las palabras, las teorías sobre
todo aquello que debemos hacer para ser felices, vivimos tejiendo ideas, componiendo conceptos,
adecuándonos a lo que pensamos, investigando, condicionándonos; desde luego la
información obtenida es valiosa, pero es una guía, nuestra verdad personal
reside en nuestro interior. Es ahí donde
podemos dirigirnos con el más absoluto
respeto, abiertos a escuchar la respuesta.
La Navidad es
otra oportunidad brillante que tenemos para sabernos vivos, abiertos a
comprendernos, a comprender lo que pasa a nuestro alrededor, a aceptar lo que vemos e incorporar lo que entendemos, a compartir con amor lo que podemos ofrecer.
Miremos
luego, el Año Nuevo como la ocasión de identificar o afianzar o ratificar el propósito de nuestra vida, buscar la forma de cumplirlo o continuar con el camino trazado, enriquecido por los saberes de amor que hayamos logrado.
Vivir y disfrutar hoy, aquí y ahora es saludable, es vivir bien. Hacer planes sin futurizarse es posible.
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